Vacaciones en pareja

Me llamaron la atención desde que entré al salón donde servían el desayuno del hotel. Aproveché que no había mucha gente y me senté en una mesa para observarlos mejor. 

Ella tenía el cabello rubio y canoso, casi blanco. Vestía ropas anchas, ligeras, como si las hubiese planificado para ese día. Tenía joyas en las manos, muy discretas pero elegantes y costosas. Una capricornio, pensé.

Él era alto, corpulento, sonriente y siempre con buen humor. Vestido un poco más informal. La única joya que llevaba era una pequeña piedra que colgaba de una cadena dorada que asomaba por el cuello de su camisa blanca. Un regalo de ella, seguramente. Él aparentaba ser menor que ella. Eran un lindo contraste que se veía cuando la mujer seria y sofisticada reía con un comentario inesperado de su acompañante. Tal vez por la distancia o tal vez porque eran turistas, como yo, no lograba entender lo que hablaban.

Coloqué mi plato en mi mesa luego de hacer una primera visita al bufet y me permití imaginar su vida. Estaban de vacaciones. Ella había dado la vuelta al mundo más de un par de veces en su vida por su trabajo. Él era un hombre muy trabajador pero no estaba acostumbrado a viajar. Estaban en uno de sus primeros viajes juntos. Se casaron hace poco. De hecho, a ella le tomó mucho tiempo casarse. Amaba su independencia, sus viajes, sus amigos internacionales. Ella nunca tuvo hijos. En cambio él se casó muy jóven, tuvo dos hijos que ya son independientes pero lo contactan de vez en cuando cuando necesitan dinero o algún favor. Él se divorció luego del nacimiento de su segundo hijo y se concentró en el trabajo, tal vez demasiado. 

Se conocieron en la cena que una amiga en común organizó en el restaurante que ellos jamás habían pisado. De hecho, su principal motivación para ir a la cena era conocer al restaurante más que ver a dicha amiga en común. Él al principio inventó mil excusas para no ir a la cena pero sus hijos insistieron: “¡Papá, al menos conocerás un restaurante nuevo!” Ella justo había llegado de viaje ese día y decidió que salir a cenar era mejor que hacer las compras de la semana o pedir comida a casa: “realmente es un desperdicio de dinero pedir por esas aplicaciones”. 

Ella llegó un poco tarde al restaurante y el único lugar libre estaba al lado de él. Comenzaron la conversación porque eran los únicos que habían llegado sin acompañante a la cena. Él la hizo reír durante toda la noche y ella lo admiraba en silencio por cómo alguien podía ser tan dedicado a su trabajo. Tal vez porque ella también lo era.

Ella lo llamó al día siguiente y él el día después. Luego de muchas citas, conversaciones y acuerdos, decidieron comenzar una vida juntos.

Él regresó a la mesa con una sonrisa pícara en la cara y dos platos en las manos repletos de cosas del buffet. Ella fingió desaprobar el gesto con la mirada pero terminó por probar lo que había en los platos. Como si él cumpliese los deseos que ella no podía articular. Rien, pero con melancolía anticipada. 

Como si estuvieran evadiendo algo, ganando tiempo. 

Como viviendo un último recuerdo juntos. 

La calma antes de la tormenta. 

Un poco de calor y sol antes de la confusión y la ira.

De pronto, él saca de un bolso una caja con pastillas. Le da discretamente tres a ella y ella se las toma con un poco del jugo que él le había traído. Las risas desaparecen. Se miran a los ojos, en silencio. 

Ella le toma la mano por sobre la mesa. 

Es posible que sean sus últimas vacaciones en pareja.