Las tres amigas

Llegaron al restaurante justo después que yo. Sonrientes, respetuosas y maravilladas por el lugar donde estaban. Eran turistas, me dije. “Qué éxotico” parecían decirse entre ellas. Eran el blanco perfecto para capturar su historia en mi cuaderno verde.

Una de ellas, muy descubierta esa tarde en la playa y medio tonta por haber aceptado sentarse en una terraza con mucho viento, revisaba el menú mientras trataba de disimular que tenía frío. Su amiga, visiblemente más informada y preparada, ya sabía qué pedir y estaba esperando a que las otras dos elijan. Me cae bien, pensé.

La tercera no había revisado el menú por estar escribiendo en el celular. Seguro habla con su pareja con la que lleva una relación que está muriendo, imaginé.

Las tres amigas decidieron reunirse después de haber pasado años sin verse, luego de esos años en la universidad. Las vacaciones les iban a permitir actualizarse de sus vidas que cada día eran más diferentes, aunque no lo querían admitir. 

La mesera me trajo lo que le había pedido y luego de probarlo, levanté la mirada. Las vi brindar con lo que parecía ser vino blanco. Las tres mostraban la felicidad de quien no quiere admitir la realidad.

Comían lo que les había traído la mesera y parecían preguntarse sobre sus relaciones. La tonta con frío seguía enamorada de su chico y anunció que se iban a casar. Las tres volvieron a brindar y la felicitaron, sin saber que ella había descubierto que el prometido le había sido infiel y que la propuesta de matrimonio había llegado luego de una discusión, como para arreglar la cosa.

La que me caía bien contó que le habían ofrecido un mejor puesto en el trabajo pero que iba a complicar las cosas con su chico porque el trabajo necesitaba que ella se mudase a otra ciudad. Lo que no compartió era que esa oportunidad era la excusa perfecta para terminar una relación que estaba muriendo hace varios meses. 

La tercera dijo que iban a comenzar a tratar de tener un hijo con su amor de juventud. Aunque ella coqueteaba con uno de sus compañeros de trabajo, pensaba que tener un hijo le iba permitir concentrarse en su familia, al menos por algunos años más. 

Se quedaron en silencio, como reflexionando hacia dónde estaban llevando sus vidas. Volvieron a brindar, como para volver a concentrarse en el presente.

Pedí la cuenta, pagué y salí del restaurante por el camino más cercano a la mesa de las tres. Quién hubiera pensado que las tres amigas, tan diferentes, iban a terminar pareciéndose tanto.