Pierre

Mi padre está en la cárcel y mi madre seguro está debajo de un puente, drogándose – me dijo en medio de su diminuta habitación, mientras terminaba de vestirse.

El chico con el que me había acostado comenzó a contarme sobre su situación familiar luego de hacerle una simple pregunta sobre dónde iba a pasar el día del padre. Pierre era un chico lindo, pero con el potencial de perderlo todo en un instante. Tenía una mirada como la de aquellas personas que necesitan algo pero no tienen a nadie a quién pedírselo. Él activaba mi complejo de superman.

Pierre tenía tatuajes mal hechos en el cuerpo. Es una rama de un árbol, le dije. Es un rayo, me respondió. Qué linda tu estrella en el cuello, le mentí. Gracias pero es una flor, me dijo incómodo, como si no hubiese sido el único que se lo hubiera dicho. 

Me invitó a que le fuera a ver luego de haber hablado un par de días en una aplicación de citas. Al verle en persona, me pareció un chico con ganas de ser protegido. Al menos, así se comportaba al estar los dos desnudos en su diminuto departamento de estudiante. 

Esa noche me recibió solo vistiendo una camiseta y calzoncillos. Como no acostumbraba tener esos encuentros, me incomodé un poco. No sabía si verlo o no. Tranquilízate, al fin y al cabo me había invitado para acostarnos, me dijo una de mis voces internas. 

Tuvimos una conversación muy incómoda. Las conversaciones siempre son incómodas con alguien que uno acaba de conocer y con quien va a compartir un momento íntimo, al menos para mí. Yo necesito una conexión para acostarme con alguien. Eso siempre ha sido objeto de burla en mis amigos

Sentados en su sofá, después de hablar de sus tatuajes horribles, Pierre me dijo que era hijo único y que su padre estaba en la cárcel. No me dijo por qué y yo tampoco le pregunté. Luego habló muy poco de la adicción de su mamá, con cierta culpa. Las únicas veces que lo contactaba era cuando buscaba dinero o un lugar para dormir. Fue un momento muy extraño que uno no debería tener antes de acostarse con alguien. Lo siento, se disculpó Pierre luego de contarme su historia familiar. No es tu culpa, le dije, con el complejo de Superman activado. Sí, mintió dejando de verme a los ojos. Giré mi cuerpo y me puse frente a él, lo tomé de la barbilla para que me viera a los ojos. No es tu culpa, le dije. Aja, mintió. Lo digo en serio, insistí. Me besó, como evadiendo el tema para luego sacarme la ropa. 

Bueno, creo que me voy a dormir, mañana me tengo que levantar temprano, me dijo cuando yo me estaba terminando de vestir. Ya me voy, no te preocupes, respondí. Le di un beso tierno en los labios como si fuera algo más que un chico que no volvería a ver. Hasta la próxima, le dije. Bye, me respondió. 

Luego de nuestro último beso, solo me lo he cruzado en la tienda del barrio. Ser vecino de un chico con el que te has acostado y con quien no piensas volver a interactuar es extraño. Lo veo conectado de noche en la aplicación de citas pero no hablamos. Quiero que me siga contando de su familia disfuncional, quiero saber quién lo crió al no tener a mamá ni papá disponibles y dónde pasa las fiestas familiares. 

Hasta el momento, yo solo me quedo con las ganas de querer conocerlo más.

Las tres amigas

Llegaron al restaurante justo después que yo. Sonrientes, respetuosas y maravilladas por el lugar donde estaban. Eran turistas, me dije. “Qué éxotico” parecían decirse entre ellas. Eran el blanco perfecto para capturar su historia en mi cuaderno verde.

Una de ellas, muy descubierta esa tarde en la playa y medio tonta por haber aceptado sentarse en una terraza con mucho viento, revisaba el menú mientras trataba de disimular que tenía frío. Su amiga, visiblemente más informada y preparada, ya sabía qué pedir y estaba esperando a que las otras dos elijan. Me cae bien, pensé.

La tercera no había revisado el menú por estar escribiendo en el celular. Seguro habla con su pareja con la que lleva una relación que está muriendo, imaginé.

Las tres amigas decidieron reunirse después de haber pasado años sin verse, luego de esos años en la universidad. Las vacaciones les iban a permitir actualizarse de sus vidas que cada día eran más diferentes, aunque no lo querían admitir. 

La mesera me trajo lo que le había pedido y luego de probarlo, levanté la mirada. Las vi brindar con lo que parecía ser vino blanco. Las tres mostraban la felicidad de quien no quiere admitir la realidad.

Comían lo que les había traído la mesera y parecían preguntarse sobre sus relaciones. La tonta con frío seguía enamorada de su chico y anunció que se iban a casar. Las tres volvieron a brindar y la felicitaron, sin saber que ella había descubierto que el prometido le había sido infiel y que la propuesta de matrimonio había llegado luego de una discusión, como para arreglar la cosa.

La que me caía bien contó que le habían ofrecido un mejor puesto en el trabajo pero que iba a complicar las cosas con su chico porque el trabajo necesitaba que ella se mudase a otra ciudad. Lo que no compartió era que esa oportunidad era la excusa perfecta para terminar una relación que estaba muriendo hace varios meses. 

La tercera dijo que iban a comenzar a tratar de tener un hijo con su amor de juventud. Aunque ella coqueteaba con uno de sus compañeros de trabajo, pensaba que tener un hijo le iba permitir concentrarse en su familia, al menos por algunos años más. 

Se quedaron en silencio, como reflexionando hacia dónde estaban llevando sus vidas. Volvieron a brindar, como para volver a concentrarse en el presente.

Pedí la cuenta, pagué y salí del restaurante por el camino más cercano a la mesa de las tres. Quién hubiera pensado que las tres amigas, tan diferentes, iban a terminar pareciéndose tanto.

Vacaciones en pareja

Me llamaron la atención desde que entré al salón donde servían el desayuno del hotel. Aproveché que no había mucha gente y me senté en una mesa para observarlos mejor. 

Ella tenía el cabello rubio y canoso, casi blanco. Vestía ropas anchas, ligeras, como si las hubiese planificado para ese día. Tenía joyas en las manos, muy discretas pero elegantes y costosas. Una capricornio, pensé.

Él era alto, corpulento, sonriente y siempre con buen humor. Vestido un poco más informal. La única joya que llevaba era una pequeña piedra que colgaba de una cadena dorada que asomaba por el cuello de su camisa blanca. Un regalo de ella, seguramente. Él aparentaba ser menor que ella. Eran un lindo contraste que se veía cuando la mujer seria y sofisticada reía con un comentario inesperado de su acompañante. Tal vez por la distancia o tal vez porque eran turistas, como yo, no lograba entender lo que hablaban.

Coloqué mi plato en mi mesa luego de hacer una primera visita al bufet y me permití imaginar su vida. Estaban de vacaciones. Ella había dado la vuelta al mundo más de un par de veces en su vida por su trabajo. Él era un hombre muy trabajador pero no estaba acostumbrado a viajar. Estaban en uno de sus primeros viajes juntos. Se casaron hace poco. De hecho, a ella le tomó mucho tiempo casarse. Amaba su independencia, sus viajes, sus amigos internacionales. Ella nunca tuvo hijos. En cambio él se casó muy jóven, tuvo dos hijos que ya son independientes pero lo contactan de vez en cuando cuando necesitan dinero o algún favor. Él se divorció luego del nacimiento de su segundo hijo y se concentró en el trabajo, tal vez demasiado. 

Se conocieron en la cena que una amiga en común organizó en el restaurante que ellos jamás habían pisado. De hecho, su principal motivación para ir a la cena era conocer al restaurante más que ver a dicha amiga en común. Él al principio inventó mil excusas para no ir a la cena pero sus hijos insistieron: “¡Papá, al menos conocerás un restaurante nuevo!” Ella justo había llegado de viaje ese día y decidió que salir a cenar era mejor que hacer las compras de la semana o pedir comida a casa: “realmente es un desperdicio de dinero pedir por esas aplicaciones”. 

Ella llegó un poco tarde al restaurante y el único lugar libre estaba al lado de él. Comenzaron la conversación porque eran los únicos que habían llegado sin acompañante a la cena. Él la hizo reír durante toda la noche y ella lo admiraba en silencio por cómo alguien podía ser tan dedicado a su trabajo. Tal vez porque ella también lo era.

Ella lo llamó al día siguiente y él el día después. Luego de muchas citas, conversaciones y acuerdos, decidieron comenzar una vida juntos.

Él regresó a la mesa con una sonrisa pícara en la cara y dos platos en las manos repletos de cosas del buffet. Ella fingió desaprobar el gesto con la mirada pero terminó por probar lo que había en los platos. Como si él cumpliese los deseos que ella no podía articular. Rien, pero con melancolía anticipada. 

Como si estuvieran evadiendo algo, ganando tiempo. 

Como viviendo un último recuerdo juntos. 

La calma antes de la tormenta. 

Un poco de calor y sol antes de la confusión y la ira.

De pronto, él saca de un bolso una caja con pastillas. Le da discretamente tres a ella y ella se las toma con un poco del jugo que él le había traído. Las risas desaparecen. Se miran a los ojos, en silencio. 

Ella le toma la mano por sobre la mesa. 

Es posible que sean sus últimas vacaciones en pareja.